EXPERIENCIA CON LAS ORCAS EN LA TERCERA QUEDADA DE LA ISLA DE LOS DELFINES.

La noche era espléndida en Tarifa. El viento marino del Estrecho de Gibraltar serpenteaba por las calles, refrescando con aromas mezclados de Atlántico y Mediterráneo la atmósfera cálida y tranquila de un pueblo que invita a soñar. En la mañana, el norte de África se nos presenta nítido y luminoso. Hacia allá parten grandes bandos disgregados de milanos negros que migran ya hacia el África subsahariana, muchos hacia Senegal.

El mar permanece en calma. Es el océano. Es el Atlántico. Y respira profundo. Espira la mar océana llenando de bullente vida las orillas rocosas, las playas, los puertos… y, con su hálito, nuestras evocaciones y remembranzas, nuestros pensamientos e ilusiones.

Nos preparamos para el sueño de encontrarnos en la mar salvaje al rey de los océanos, al predador más poderoso del mundo: la orca. El Estrecho de Gibraltar. Ese punto donde confluye el gran océano Atlántico con el pequeño océano Mediterráneo. Ese canal de corrientes mágicas bajo cuyo influjo los seres humanos han cultivado su propia magnitud a lo largo de la historia. Los atunes rojos pasan por este estrecho canal oceánico cada año, desde los orígenes de los tiempos, desde mucho más allá de la historia de la Humanidad. Las orcas, desde los orígenes de los tiempos, acuden al Estrecho en su busca. Los hombres que componían la Historia de la Humanidad descubrieron que los lobos del mar, los más poderosos depredadores del gran azul, las orcas, llegaban allá en busca de un gran tesoro proteínico. Y no debieron tardar en comunicarse con ellas, como lo habían hecho con los dioses y con los grandes poderes de la naturaleza. Diosas del mar, amadas y temidas. Las orcas. Los lobos del mar, pastorearon para los hombres los grandes peces sagrados que alimentaron a las culturas emergentes del Mediterráneo. Y, así, debió nacer una relación misteriosa, por casi todos totalmente desconocida, por casi todos olvidada, que debió marcar la vida y obra del hombre. La relación entre las orcas y los hombres en las culturas del Mediterráneo que extendieron su influencia por el mundo.
Antes de seguir con el relato, os dejo unas imágenes que pueden valer por mil palabras y que evocan las historias que nos cuenta Mario Morcillo.
Fijáos bien en cada foto. Fijáos en el dibujo blanco de la orca. No puedo ser más gráfico ¿no?.





































(Símbolo de Neptuno, Dios romano del Mar. El tridente).
Milenario mosaico de Túnez (Túnez viene de atún). La pesca de atún (que se hacía con tridente).
Viejísima moneda con Neptuno, un tridente y un delfín en la mano (ojo, que la orca es un delfín).Moneda cartaginesa de Gádir (Cádiz) del siglo III a.C. con atunes.

Tridente usado como... antigua azada y ¡horca!.
Observemos el dibujo ventral de la orca de nuevo. Mirad ahora el símbolo de la diosa cartaginesa Tanit:
¿No es lo que está en esta pintura rupestre gaditana? Es una foto que saqué en estos días estando con Mario, quien nos llevó a esa cueva mágica.
Ahora fijémonos en cómo se ve el dibujo de la "silla de montar" en el dorso de la orca.


Y en el dibujo milenario que está en la cueva:
El símbolo de Aries, que comienza en el solsticio de primavera, el día en el que es señalado el dibujo por la sombra proyectada por la puesta de Sol, cuyos últimos rayos pasan por una muesca milenaria cavada en la roca. El solsticio de primavera, precisamente la fecha de llegada de las orcas en espera de los primeros atunes del año por eso de las corrientes de marea viva. Aries, simbolizado también por el carnero. ¡Las orcas eran conocidas en la antigüedad como "carneros marinos"!.
En fin, hay muchas cosas que contar. Mario, investigando orcas, terminó indagando en la Historia de las culturas mediterráneas y ahora nos deja a todos atónitos con descubrimientos e interesantes hipótesis.
Partimos acariciados por la fresca y húmeda brisa marina. El mar, por primera vez en días, se mostraba sosegado y complaciente. Pero llegamos tarde. Se producía el cambio de mareas; ese momento, mágico y misterioso a la vez, en el que el mar, tras la inspiración, se propone espirar. Es un momento de descanso en la lucha por la vida oculta bajo el manto azul de las aguas. Los atunes no cruzan el Estrecho. Los cetáceos descansan. Un impresionante bando de cigüeñas cruza el mar hacia África. Han tenido que esperar días de temporal antes de poder lanzarse a la gran aventura de cruzar el ventoso y extenuante Estrecho de Gibraltar, 15 kilómetros de mar tras los cuales tendrán que sortear montañas y el descomunal desierto del Sáhara. Quizás muchas de ellas no regresen nunca más. Quizás muchas no lleguen a su destino. Allá van, algunas casi rozando las aguas, batiendo alas contra el viento, hacia las costas africanas.Y en el mar sólo vemos calderones. Cientos de calderones, diría. Descansan.
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No hay orcas por ninguna parte. Quizás estén allá lejos, frente a la africana Punta del Espadarte, “la punta de las orcas”, pues son conocidas como Espartes o Espadartes a uno y otro lado del Estrecho. Allá donde los marroquíes en sus pateras pescan el atún de revés “a la piedra”. Hemos venido con Mario Morcillo y dicen, y de buena tinta sé, que cuando Mario viene, las orcas también. Mario dice que no es magia; que tan sólo se trata de la Luna. Estudiando a los antiguos, mira Mario a la Luna y siente, se comunica así con la corriente de la vida, con la corriente del océano, con el fluir de las cosas… y decide que las orcas han de llegar. Pero hoy no han llegado. Mario mira al mar, mira a las aguas. “Hemos venido demasiado tarde; mañana saldremos al atardecer”, dice. La última vez que aparecieron las orcas aquí fue cuando vino Mario en el equinoccio de primavera. No se han visto más en todo el verano. En principio, no parece un buen augurio. Pasamos la tarde juntos, charlando y riendo. Llega la noche. Yo me he resignado al destino. Pienso que las orcas se han ido hacia el océano. Que no volverán. Mario dice que pueden aparecer en cualquier momento. Es interlunio; Luna Nueva. Y habrá Marea Viva. El momento álgido será al atardecer. El día lo pasaremos en tierra. Y así llegamos a los restos de la antigua ciudad romana de Baelo Claudia, donde hace unos 2200 años salaban el atún y fabricaban el preciado garum con sus vísceras fermentadas. Esto lo hacían ahí:

Por la tarde, nos avisan: las orcas están frente al puerto de Tarifa. Salimos zumbando hasta allá. Observamos ansiosos el mar plateado por el sol. Las orcas no están. Se han esfumado. El sol, bajo ya, acaricia las aguas cada vez más mansas. Mario está nervioso. Lleva décadas observando orcas y aún hoy su estómago se encoge ante su cercanía. Al rato, partimos. El mar inspira profundamente; muy profundamente. La pasarela del barco ya no está inclinada; el barco está mucho más abajo. El Estrecho permanece más sereno que nunca. Es un atardecer de una maravillosa placidez. El mar es una balsa. Quiero escudriñarlo centímetro a centímetro. ¿Dónde estarán las orcas?. La proa apunta a las montañas de Marruecos. Si no vienen, al menos pensaremos que han estado cerca de nosotros. Que estuvieron aquí. Intentaremos sentir su presencia. El amante de la naturaleza aprende a respetar sus misterios e intimidades de esta forma. Los lobos del mar estuvieron aquí. Quizás tenga que ser suficiente.

Las pardelas cenicientas, petreles viajeros de alta mar, pasan rasantes sobre las aguas. La aleta triangular de un pez luna se asoma descansando en las aguas serenas. ¿Dónde estarán las orcas?.

Aunque pensamos que las orcas se han ido hacia el Atlántico, hacia la “Punta del Espadarte”, de pronto, en la lejanía, junto a las costas españolas, surge una aleta impresionante. Apunto con mis prismáticos y en ese momento corta las aguas, lentamente, la espada imponente, recta, perfectamente triangular, poderosa, del rey de los océanos. Tomé estas fotos:

Un macho de orca salvaje. El rey de los océanos está frente a nosotros. Seguidamente, aparecen tres hembras.Navegan en paralelo, tranquilas. Quizás avancen fuertemente pues la corriente debe ser tremenda. Y así, parece que no avanzasen. Se mueven hacia el Atlántico y hacia el Mediterráneo, esperando a los atunes.
Las observamos durante un rato. Muy cerca. Más cerca que nunca.
Vienen por babor. Escucho claramente su canto bajo el mar. Dos orcas cantan y un escalofrío recorre mi cuerpo. Cortan las aguas, junto a nosotros, en paralelo, muy cerca una de la otra. Resoplan fuertemente y se vuelven asumergir con una armonía y una fluidez que pareciesen ser parte del líquido elemento. Con perfecta coordinación, aparecen las tres espaldas de las hembras, curvándose con parsimonia cuando, seguidamente, asoma la punta de la aleta dorsal del macho, que va cortando las aguas poco a poco hasta emerger por completo la espada triangular. Después, el resoplido que eriza el cabello, y las cuatro orcas, mostrando la mancha blanca que las distingue,

colocadas en una perfecta línea paralela, se sumergen al unísono. Su coordinación es perfecta. Dejan cuatro huellas sobre la superficie de las aguas. Es la potencia de la aleta caudal que, en un fuerte coletazo que las lleva hacia las profundidades azules, produce un remolino de misterio. Y entonces, desaparecen para decirnos que son las reinas de las profundidades y de los océanos enteros. Que pueden ir hasta donde les plazca. Grabé un pequeño vídeo al que añadí la música que Ennio Morricone compuso para las orcas. Fijáos que el macho lleva otra cadencia:

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Nosotros nos alejamos y atravesamos la curiosa hilera de aguas tumultuosas que remarca de forma natural la línea de la corriente de marea y nos acercamos a aguas marroquíes. Allí, un enorme bando de delfines listados, de cientos de delfines listados, salta jugando feliz por todas partes. Les busco en las olas que el barco deja cuando corta las aguas con la roda. Los delfines aman surfear en las olas. Saltan por todas partes. El mayor bando de delfines que nunca había visto. Os pongo unas fotos y vídeo (con música añadida):
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El sol se pone coloreando todo de amarillo. Y, bañados por las luces del ocaso, los calderones permanecen tranquilos. También hice fotos y vídeo para vosotros:

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Dos delfines mulares están con ellos y vienen también a jugar con el barco. Se pone el sol y nosotros regresamos. Allá a lo lejos, de nuevo en el mismo lugar, esperando a los atunes, están las orcas. Y de nuevo las tenemos junto a nosotros hasta que deciden sumergirse a las profundidades insondables. Entonces sí, ya de noche, con el viento marino refrescando nuestras caras, regresamos a puerto, saboreando lo vivido.
Habíamos visto las orcas el único día que se vieron en el Estrecho en todo el verano desde que Mario fue en el solsticio de primavera. Las orcas no han aparecido más desde que Mario se fue. No es de extrañar que ver a Mario aparecer por el Estrecho signifique la aparición de las orcas.

DAVID NIETO MACEÍN.

4 comentarios:

  1. primo,me ha gustado mucho tu publicacion,que bonito todo aquello... ya me contaras en persona la experienciaaa !!

    un abrazo primo !! tu primo Raul

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  2. Sin duda una experiencia inolvidable, no se me olvidará cuando vi las Orcas por primera vez en la 2ª Quedada. Suerte con vuestro bonito proyecto! MT

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  3. como siempre una gozada leer lo que escribes, parece como si estuvieramos allí viviéndolo contigo
    un abrazo upe

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  4. después de leer tus palabras AMO LAS ORCAS!!!y a tí sensible alma!!

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